jueves, 1 de diciembre de 2016

Relatos jueveros: Erase una vez


Participación en los relatos jueveros. Conduce en esta ocasión Inma Blanco que, desde su blog "Molí del Canyer", nos propone escribir sobre cuentos infantiles pero con una trama diferente o un final distinto. 
Es un relato reeditado y no sé si se adapta a lo solicitado expresamente por Inma. Juzgarlo vosotr@s.
Hoy si me pase un montón de las 350 palabras. ¡Mil perdones!
¡Espero que os guste!



L O S   T R E S   R E G A L O S

Hacía tres noches que la estrella había aparecido en el cielo, hacia el naciente, y todos los eruditos del rey rebuscaban, perplejos, entre los papiros antiguos de la gran biblioteca el significado de aquella refulgente presencia.


Para Melchor, el gran sabio y primer consejero real, no era ningún misterio, no necesitaba ningún manuscrito antiguo que le revelara su significado, la conocía bien, llevaba cincuenta años esperándola, cincuenta años desde que la había visto por primera vez.


Abrió el cofre una vez más y contempló el regalo que le hizo el ángel, el tesoro que lo había convertido en el hombre que era ahora, que lo había arrancado de la miseria y del hambre y probablemente, de una muerte temprana.

viernes, 25 de noviembre de 2016

PLINIA (III): Un giro inesperado

Participación en los relatos jueveros. Conduce en esta ocasión Pepe que, desde su blog "Desgranando momentos", nos propone escribir sobre "un giro inesperado".

Intentando dar continuación a un relato nacido en estas convocatorias, he escrito lo que sigue. Me pasé de las 350 palabras recomendadas, disculpadme por ello. ¡Espero que os guste!

Anteriormente:

Aún llueve. 

Sin embargo, el regalo concedido por Plinia no empapa la tierra de aquel mundo sediento. Mientras Prometeo continuaba con su relato sobre la extinción de la raza humana, cada gota está siendo adsorbida dentro de la máquina construida por el androide y canalizada hacia las inmensas cisternas subterráneas. —"El agua no servirá de nada si cae en una tierra estéril, en un planeta sin atmósfera"—, se había dicho a sí mismo hacía ya mil años, cuando empezó a planificar la llegada de la diosa.
   
Pero antes... llegó aquello.

— (...) y se volvieron locos. El odio arrasó con los corazones más bondadosos, el miedo paralizó a las mente preclaras, el discurso sereno y cabal se transformó en una vomitiva de calumnias, mentiras, acusaciones, amenazas y por último, en sentencias de muerte.— De haber podido, Prometeo estaría llorando.
Con cuidado emerge, espera, acecha.

—Todas las llaves fueron giradas, todos los botones rojos... ¡pulsados! El calor fue tan intenso que los mares comenzaron a hervir, la atmósfera se incendió y la tierra se fundió en un magma incandescente. Nada pudo sobrevivir, nada —su voz era un gemido.— De haber estado en la superficie, yo también estaría muerto. Por suerte, o por desgracia, yo nací en el espacio, en una plataforma científica geoestacionaria.

Avanza, crece, la trampa se cierra.

De repente, Prometeo se detiene. Algo parecido a un cortocircuito o una chispa rompe un cerrojo en su memoria. Mira a Plinia en una súplica de perdón. Ella ha leído su mente y comprende incluso antes que el androide. El terror la paraliza.
Ataca, feroz.

—¡Os quiere devorar a las dos! —acierta a decir antes de que un VACÍO, más negro que la noche que los rodea, aplaste sus cuerpos contra el vórtice del retro-proyector.

Plinia resiste. Desecha su envoltura material y se transforma en luz. Intenta escapar elevándose hacia el cielo pero el manto negro es impenetrable. Un nuevo golpe, este aún más fuerte que el anterior. Prometeo es demasiado frágil, su metal se aplasta y deforma, se rompe. La diosa hace un esfuerzo, envuelve la cabeza del androide en un desesperado intento de proteger su memoria, su ser.


Aplasta, golpea, tortura. ELLO necesita saber dónde está su hermana.

—¡Nunca! —Grita Plinia —¡Nunca la tendrás!

—¡Huye! —Prometeo vive —¡Huye hacia adentro! —Le dice.

Habla sin voz, pero Plinia comprende.


ELLO también escucha la mente del androide.
ELLO también entiende su intención.
ELLO trata de impedirlo pero, por una fracción de segundo, llega tarde.

Todo ocurre en un instante. El vórtice del retro-proyector se activa pero, en esta ocasión no trasmite imágenes. Plinia brilla intensamente utilizando toda la energía que le queda. Un pasaje se abre, inestable, a sus pies. —"En estas condiciones, el salto será brutal" —piensa Prometeo— "Pero no hay otra salida" —le responde la diosa.

La materia no puede pasar por la brecha de gravedad cuántica, Prometeo lo sabe, Plinia lo sabe. El androide hace ademán de despedirse pero la diosa no le deja. Descarga instantáneamente la ingente memoria artificial de la máquina y la incorpora a su ser. 

Salta y el retro-proyector explota cerrando el portal tras ella.

ibso

Más relatos jueveros en la casa de Pepe.  





viernes, 30 de septiembre de 2016

Las palabras olvidadas

Anoche mi hija, de 8 años, me llamó cuando estaba terminando su baño para hacerme una pregunta que "¡se le acababa de ocurrir!"

—¡Oye, papi! Si a una persona que se le ha olvidado alguna palabra, otra la intenta ayudar diciéndole palabras diferentes, ¿cómo sabe la primera persona que ninguna de las palabras es correcta si se le había olvidado "su palabra"?

¡Me dejó en "treinta y tres"!

—Supongo —dije para salir del paso—, que el cerebro relaciona las palabras con imágenes o con otras palabras. Quizás recuerde vagamente cómo sonaba o por la sílaba que empezaba o terminaba... ¿No se?

No creo que se quedara muy convencida con mi respuesta.
Ibso
Os dejo un video



lunes, 12 de septiembre de 2016

Reto literario

Las semillas del corazón


La señora Dorotea —doña Tea como la llamaban sus vecinos— vivía en una ruinosa cabaña a las afueras del pueblo fronterizo mal nombrado Pejiguera, al norte, en una de las zonas más áridas y sedientas del país. Su difunto esposo, esforzado labrador y curandero de afición, la había dejado hacía unos años con el corazón colmado y un precario sustento.

Cuentan que al poco tiempo del deceso, doña Tea obró su primer prodigio: cultivar en aquel páramo desierto el más primoroso de los jardines.

Sus vecinos, admirados con tal variedad de flores, con la embriagadora fragancia que impregnaba el aire, con el colorido y la belleza de aquellas delicadas plantas, comentaban que solo unas manos milagrosas podían haberlas hecho florecer.

El boca a boca extendió con rapidez la noticia de aquella maravilla, y pronto comenzaron a llegar gentes de todo el país a la pequeña aldea, ávidas de admirar aquel oasis y conocer a tan sublime jardinera.

Y ocurrió que una noche, cuando todos dormían, un forastero sombrío y gris, de riguroso luto, llegó hasta el jardín de doña Tea, se sentó en medio de las flores y comenzó a llorar con el quejido profundo y desgarrador que solo un corazón vacío puede provocar.

Aquel lamento despertó el ligero sueño de doña Tea y, con lágrimas en los ojos, permaneció la anciana en vela el resto de la noche. Al despuntar el alba, compadecida de aquel sufrimiento que le era tan familiar, tomó su única posesión de valor y fue al encuentro del extraño.

—Mi marido, ¡que Dios lo tenga en su gloria! —le dijo arrodillada ante él—, era un hombre bueno y, aunque nunca tuvo estudios, poseía la rara sabiduría del que ama la tierra que lo sustenta y aprecia el tesoro de la gratitud sincera y sin más recompensa. Él me enseñó cómo dar vida incluso a la tierra más ingrata, con dedicación y esfuerzo, con sacrificio y humildad, hasta lograr un vergel como el que tiene ante usted. Él me mostró el valor inmenso de unos ojos agradecidos cuando, con cariño y sensibilidad, con maestría y empatía, curaba una torcedura, un destuerzo, una picadura de víbora o sanaba un mal de ojos, sin cobrar jamás moneda alguna. Conozco su dolor porque fue el mío cuando él murió. Por eso —doña Tea tomó las manos de aquel hombre—, permítame usted que le haga un regalo que le salvará la vida —y depositó tres semillas en ellas—: ¡son mi mayor tesoro, la única herencia que me dejó mi esposo!



Sus ojos, aquellos ojos de niña traviesa que me enamoraron en mi juventud, se fueron apagando entre lágrimas y dolor.

Éramos viejos, demasiado viejos para estar vivos, demasiado viejos para sufrir tanto.

¿Cuántos meses han pasado ya? No lo recuerdo, no quiero recordarlo. Todo lo que tenía: trabajo, casa, familia, se fue, no queda nada, tan solo esta fotografía que evita que olvide su cara y, que sin embargo, clava un puñal en mi pecho cada vez que la miro.

Sus ojos estaban tristes y secos, su mirada perdida, su rostro había envejecido de repente y su pelo, aquella hermosa cabellera azabache de antaño, se torno gris en un parpadeo de la memoria.

Yo la besaba, sacaba fuerzas para continuar porque ella me necesitaba. Pero se apagaba sin poder evitarlo, su vida se apagaba como la llama en el pabilo de una vela sin cera.

¡Nadie debería sufrir tanto! ¿Por qué, Dios misericordioso…? ¿Por qué sufrimos tanto?

La guerra se llevó a mis hijos, se llevó a mis nietos, mis nueras y yernos, y cuando ella murió de pena… también se llevo mi vida.

Yo no estoy vivo, no me siento vivo y, sin embargo, estoy aquí, en otro país, en este jardín de flores donde por primera vez, desde que ella se fue, me he permitido llorar. Y he llorado, he anegado mi alma con las lágrimas durante toda la noche, aferrado a este último recuerdo. Y me he dicho que este sería un buen lugar para ser enterrado.

Pero al alba, de una ruinosa chabola, ha surgido una mujer casi tan anciana como yo y, arrodillándose ante mí, ha enjugado mis lágrimas intentado consolarme. Y ha cogido mis manos, y ha depositado tres semillas en ellas diciéndome: “permítame usted que le haga un regalo que le salvará la vida”. 

 


"Cuentan que existió un Edén y en su mismo centro un árbol, cuyos frutos, manjar divino, conferían a los que los comían dones tan extraordinarios que el mismo Dios temió compartir".





—¡A CUBIERTO! —gritó a Madelaine una vez encendida la mecha.



Jafet tuvo el tiempo justo para refugiarse junto a ella antes de que la puerta de la caja fuerte saltara por lo aires.


Aturdidos aún por la explosión, se acercaron despacio para comprobar si habían tenido el éxito deseado.

—La semilla no habrá sufrido daño, ¿verdad? —dudó Madeleine.

—Ya te he dicho que según mi investigación es indestructible —la tranquilizó Jafet—. Hasta que comience a brillar en la mano de aquel a quien elija, permanecerá inalterable.

¡Era la última! La última semilla del árbol de la vida, aquel que según rezaba en los textos más antiguos y sagrados, confería dones prodigiosos.

Jafet extrajo una pequeña caja metálica del interior de la destrozada caja fuerte.

—Solamente hay esto: ni dinero, ni joyas, solo esto —dijo contrariado.

—Si es lo que buscamos, será suficiente. Pagaran millones por ella.

Jafet abrió la caja y ambos contemplaron la pequeña y extraña semilla que contenía.

—¡No parece gran cosa! —afirmó Madeleine mientras la tomaba con una mano.

—No, la verdad es que no — la decepción era evidente en el rostro de Jafet—. No sé si podremos convencer a alguien de lo que es. No se si yo mismo podré convencerme de…

No puedo terminar la frase: maravillado contempló como la semilla se transfiguraba en el objeto más hermoso que había visto nunca y comenzaba a brillar entre los dedos de Madeleine.


ibso
Esta trama continua en otros blogs. Si quieres seguir leyendo puedes linchar en el enlace siguiente:

Sigue leyendo en: ¿Y qué te cuento? 

Participantes en el reto: 
¡¡¡Muchas gracias a tod@s!!!

jueves, 8 de septiembre de 2016

Dueños o esclavos (reedición)

Dos frases:

"Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo"
Leon Tolstoi (1828-1910) Escritor ruso.

"Carecer de algunas de las cosas que uno desea es condición indispensable de la felicidad"
Bertrand Russell (1872-1970) Filósofo, matemático y escritor inglés.

Tengo la suerte de recordar gran parte de mi infancia, acontecimientos sucedidos incluso antes de los cinco años de edad.
Mis padres se casaron con muy pocos recursos económicos y tuvieron que vivir con mi abuela paterna durante seis años hasta que pudieron hacerse su casita.

En esos años tuvieron a cuatro de sus cinco hijos. Fueron tiempos difíciles, de carencias y de mucho trabajo, aunque yo los recuerdo como una de las épocas más felices de mi vida. Mi madre, cuando podía, compraba un cuadernillo, de esos finitos que venían antes, con dos grapas para sujetar una docena de cuartillas con rallas celestes; la cortaba por la mitad y nos daba una a cada uno para que nos entretuviéramos dibujando con un lápiz también compartido. Nos bañamos en la pileta con un barreño y agua fría, compartiamos la ropa, los zapatos, la comida, los amigos. Disfrutábamos con cualquier cosa, hacíamos un juguete hasta de un balde al que amarrábamos una soga, la pasábamos entre los barrotes de la barandilla en lo alto de la escalera, y descendíamos alternativamente subidos en él, y confiando que el otro no soltara la cuerda. En esos años no recuerdo ver la televisión, no recuerdo oír la radio, no sabía lo que era la publicidad, las noticias, los programas culturales o los del corazón. Mi mundo se reducía a jugar y hacer trastadas a mi abuela.

La vida era sencilla y siempre se contaba con la familia y los amigos.
Ahora todo ha cambiado. Vivimos en una sociedad del consumo, donde la pauta parece ser "si no eres feliz, compra". No importa qué, no importa si lo necesitas o no, no importa si lo puedes pagar porque te lo financian; se inventan días para consumir: rebajas de verano o de invierno, San Valentin, Día del Padre, Día de la madre, Navidad, Reyes, los bancos te conceden préstamos sin solicitarlo...y todo bajo una campaña eterna de publicidad, que utiliza cualquier medio (televisión, radio, Internet, prensa) para convencerte de que no eres nadie si no tienes el último móvil, la televisión más grande, si no compras en El Corte Ingles.

En una ocasión, ya adolescente, mis hermanos y yo convencimos a mi padre para que nos regalara una mesa de billar de segunda mano. Durante un mes, jugamos mañana y tarde, en cualquier rato libre que nos dejaba el colegio y los deberes. Terminamos tan aburridos del juego que mi padre, al verlo arrimado, lo revendió. "La ilusión de lo nuevo dura un instante, justo hasta el momento en que lo consideramos viejo".

No nos dejemos engañar, las cosas materiales no nos harán más felices: nos harán más esclavos. Compartamos nuestra vida con las personas cercanas, a las que queremos por lo que son y no por lo que tienen. Seamos dueños de nuestros sentimientos y no esclavos de nuestros deseos.

Fotografía: Título Tamadaba. Patronato de Turismo del Cabildo de Gran Canaria. http://www.grancanaria.com/patronato_turismo/

martes, 30 de agosto de 2016

Las raíces de la violencia

Mahatma Gandhi escribió que las raices de la violencia eran:

la riqueza sin trabajar,
el placer sin conciencia,
el conocimiento sin carácter,
el comercio sin moralidad,
la ciencia sin humanidad,
el culto sin sacrificio,
la política sin principios.

El tronco, las ramas, las hojas y, sobre todo, los frutos de este maldito árbol, son más conocidos ya que están a la vista.
                

viernes, 26 de agosto de 2016

La necesidad del debate


"Del ruidoso debate surge la sabiduría. Pero el modo más seguro de entablar un debate vigoroso y democrático es hacerlo a través de la educación, porque solo un electorado educado puede tomar decisiones sobre unas tecnologías que determinarán el destino de nuestra civilización".
Michio Kaku
La física del futuro.

miércoles, 24 de agosto de 2016

De la democracia

"La democracia es un artilugio que garantiza que no seremos gobernados mejor de lo que merecemos"

Bernard Shaw

domingo, 24 de julio de 2016

Va de RETO

¡Buenas noches!

Perdonenme la pequeña broma del título, solo es un "simplón" juego de palabras para introducir mi primer atrevimiento en este blog: ¡quiero proponerles un reto! Pero... reto literario, que nadie se me asuste.

Los que me han leído alguna vez conocerán mi afición de "novato aprendiz de escritor" y sé que a muchos de ustedes también les apasiona esto de crear con la magia de las palabras. Así que, con el corazón en un puño por no saber cómo va a salir este experimento, les cuento mi proposición:

Se trata de continuar un relato iniciado pero, eso sí, con ciertas condiciones. El relato se titula "LAS SEMILLAS DEL CORAZÓN". Tal vez alguno lo recuerde y para los que no, lo reedito y luego les cuento el resto. 


 

Las semillas del corazón


La señora Dorotea —doña Tea como la llamaban sus vecinos— vivía en una ruinosa cabaña a las afueras del pueblo fronterizo mal nombrado Pejiguera, al norte, en una de las zonas más áridas y sedientas del país. Su difunto esposo, esforzado labrador y curandero de afición, la había dejado hacía unos años con el corazón colmado y un precario sustento.

Cuentan que al poco tiempo del deceso, doña Tea obró su primer prodigio: cultivar en aquel páramo desierto el más primoroso de los jardines.

Sus vecinos, admirados con tal variedad de flores, con la embriagadora fragancia que impregnaba el aire, con el colorido y la belleza de aquellas delicadas plantas, comentaban que solo unas manos milagrosas podían haberlas hecho florecer.

El boca a boca extendió con rapidez la noticia de aquella maravilla, y pronto comenzaron a llegar gentes de todo el país a la pequeña aldea, ávidas de admirar aquel oasis y conocer a tan sublime jardinera.

Y ocurrió que una noche, cuando todos dormían, un forastero sombrío y gris, de riguroso luto, llegó hasta el jardín de doña Tea, se sentó en medio de las flores y comenzó a llorar con el quejido profundo y desgarrador que solo un corazón vacío puede provocar.

Aquel lamento despertó el ligero sueño de doña Tea y, con lágrimas en los ojos, permaneció la anciana en vela el resto de la noche. Al despuntar el alba, compadecida de aquel sufrimiento que le era tan familiar, tomó su única posesión de valor y fue al encuentro del extraño.

—Mi marido, ¡que Dios lo tenga en su gloria! —le dijo arrodillada ante él—, era un hombre bueno y, aunque nunca tuvo estudios, poseía la rara sabiduría del que ama la tierra que lo sustenta y aprecia el tesoro de la gratitud sincera y sin más recompensa. Él me enseñó cómo dar vida incluso a la tierra más ingrata, con dedicación y esfuerzo, con sacrificio y humildad, hasta lograr un vergel como el que tiene ante usted. Él me mostró el valor inmenso de unos ojos agradecidos cuando, con cariño y sensibilidad, con maestría y empatía, curaba una torcedura, un destuerzo, una picadura de víbora o sanaba un mal de ojos, sin cobrar jamás moneda alguna. Conozco su dolor porque fue el mío cuando él murió. Por eso —doña Tea tomó las manos de aquel hombre—, permítame usted que le haga un regalo que le salvará la vida —y depositó tres semillas en ellas—: ¡son mi mayor tesoro, la única herencia que me dejó mi esposo!



Sus ojos, aquellos ojos de niña traviesa que me enamoraron en mi juventud, se fueron apagando entre lágrimas y dolor.

Éramos viejos, demasiado viejos para estar vivos, demasiado viejos para sufrir tanto.

¿Cuántos meses han pasado ya? No lo recuerdo, no quiero recordarlo. Todo lo que tenía: trabajo, casa, familia, se fue, no queda nada, tan solo esta fotografía que evita que olvide su cara y, que sin embargo, clava un puñal en mi pecho cada vez que la miro.

Sus ojos estaban tristes y secos, su mirada perdida, su rostro había envejecido de repente y su pelo, aquella hermosa cabellera azabache de antaño, se torno gris en un parpadeo de la memoria.

Yo la besaba, sacaba fuerzas para continuar porque ella me necesitaba. Pero se apagaba sin poder evitarlo, su vida se apagaba como la llama en el pabilo de una vela sin cera.

¡Nadie debería sufrir tanto! ¿Por qué, Dios misericordioso…? ¿Por qué sufrimos tanto?

La guerra se llevó a mis hijos, se llevó a mis nietos, mis nueras y yernos, y cuando ella murió de pena… también se llevo mi vida.

Yo no estoy vivo, no me siento vivo y, sin embargo, estoy aquí, en otro país, en este jardín de flores donde por primera vez, desde que ella se fue, me he permitido llorar. Y he llorado, he anegado mi alma con las lágrimas durante toda la noche, aferrado a este último recuerdo. Y me he dicho que este sería un buen lugar para ser enterrado.

Pero al alba, de una ruinosa chabola, ha surgido una mujer casi tan anciana como yo y, arrodillándose ante mí, ha enjugado mis lágrimas intentado consolarme. Y ha cogido mis manos, y ha depositado tres semillas en ellas diciéndome: “permítame usted que le haga un regalo que le salvará la vida”. 
ibso

Bueno, hasta aquí llegué. ¿Os gustó? ¿Quieren saber más? Pues les toca a ustedes continuarla, si quieren aceptar el reto y les parece divertido.

Como han comprobado son dos fragmentos que se complementan y que tiene una peculiaridad que no es baladí: ambos terminan en el mismo momento, en el mismo acto, en el mismo espacio y tiempo. ¡Esta es la única condición!. Pueden proponer un nudo más amplio, insertar más personajes, incluso un desenlace de la historia, pero no pueden ir más allá de este momento, el momento en que la anciana Dorotea entrega las semillas al extraño. Por lo tanto, lo que contéis será anterior a este momento pero íntimamente relacionado con él. Cada historia "paralela" irá dando un sentido más profundo a ese acto de generosidad, explicará que son esas semillas, ¿para que sirven?, ¿de donde proceden?, ¿por qué son el mayor tesoro de doña Tea?, ¿por qué le salvaran la vida al extraño?, ¿quién era el marido de doña Tea y cómo consiguió las semillas?, ¿quien es el extraño?, ¿cómo perdió a toda su familia?, ... y todo lo que podáis imaginar.

Puede resultar complicado pero, como dice el refrán: "Divide y vencerás". Creo que lo más fácil sería escribir fragmentos de la historia que luego podríamos unir para crear el relato completo entre todos y publicarlo en nuestros respectivos blogs.

¿Os gusta el reto?

Por ahora no escriban nada, solamente digan si  quieren participar y que cuestión del relato preferirían desvelar (para no repetirnos).


¿Quién se apunta? Les espero.

¡Gracias!
 ibso

1ª Fotografía: de mi autoría. Podéis disponer de ella libremente.
2ª Fotografía: tomada prestada del blog "FOTOARTE Cristina Faleroni". Autor: Alessandro Bergamini

viernes, 15 de julio de 2016

Declaración de intenciones


¡Buenas noches!

Hace mucho que no escribo en este blog. Me he estado replanteando su función, el esfuerzo que requiere, la constancia y la calidad mínima para que sea medianamente interesante y, sobre todo, que contar, que escribir para que de los frutos que deseo.

Este blog nació con la idea romántica de aportar un granito de arena a una aspiración muy generalizada entre muchos de los que he ido conociendo en este mundo virtual y físico: cambiar el mundo —o sería más apropiado decir ayudar a que se vaya transformando en algo menos incierto, más unificado, más justo y donde nuestra supervivencia sea más probable—. 


Para ello, y de una forma no premeditada ni programada, han surgido dos vertientes diferenciadas pero que se complementan. La primera es una mirada muy personal e emotiva de la realidad más actual, publicada en una serie a la que denominé "los herederos de la tierra". La otra es la narrativa de ficción o ciencia ficción, la cual ha sido una gratísima sorpresa para mí ya que ¡me encanta escribir ficción!. Las dos, como digo, persiguen el mismo fin, necesitándose y alimentándose la una de la otra.

Quiero continuar con este blog pero necesito vuestra ayuda, y me explico. No soy un genio, ni un sabio, ni siquiera me considero muy inteligente, y creo tener la suficiente humildad para reconocer mis limitaciones. Por ello mi visión de la realidad es limitada y con total seguridad influenciada por mi cultura, mi religión, mis ideales políticos y mis esquemas mentales. Persigo romper mis propias limitaciones y tener una visión más amplia y menos condicionada del mundo que me rodea, no solo para comprenderlo mejor sino, y esto es lo más importante, para diseñar una estrategia entre todos para poder transformarlo. 

sábado, 26 de marzo de 2016

In memori


Aún quedan los que te amaron,
aún las risas de aquellas sobremesas,
los amigos que tus juegos juntaron
y mil historias inspiradas por tus destrezas.

viernes, 18 de marzo de 2016

Los herederos de la Tierra (XVI): LA GENERACIÓN DE LOS HIJOS ÚNICOS (1ª parte)



Vivimos inmersos en el devenir de la lucha diaria, en dar respuestas a nuestras necesidades y a la de los seres más cercanos y queridos. Nuestro horizonte de pensamiento y acción (y de preocupación) queda restringido a un ámbito temporal y físico que podemos abarcar, un entorno cómodo y confortable que nos resistimos a modificar y, mucho menos, a que otros intenten ponerlo en cuestión.

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