viernes, 30 de septiembre de 2016

Las palabras olvidadas

Anoche mi hija, de 8 años, me llamó cuando estaba terminando su baño para hacerme una pregunta que "¡se le acababa de ocurrir!"

—¡Oye, papi! Si a una persona que se le ha olvidado alguna palabra, otra la intenta ayudar diciéndole palabras diferentes, ¿cómo sabe la primera persona que ninguna de las palabras es correcta si se le había olvidado "su palabra"?

¡Me dejó en "treinta y tres"!

—Supongo —dije para salir del paso—, que el cerebro relaciona las palabras con imágenes o con otras palabras. Quizás recuerde vagamente cómo sonaba o por la sílaba que empezaba o terminaba... ¿No se?

No creo que se quedara muy convencida con mi respuesta.
Ibso
Os dejo un video



lunes, 12 de septiembre de 2016

Reto literario

Las semillas del corazón


La señora Dorotea —doña Tea como la llamaban sus vecinos— vivía en una ruinosa cabaña a las afueras del pueblo fronterizo mal nombrado Pejiguera, al norte, en una de las zonas más áridas y sedientas del país. Su difunto esposo, esforzado labrador y curandero de afición, la había dejado hacía unos años con el corazón colmado y un precario sustento.

Cuentan que al poco tiempo del deceso, doña Tea obró su primer prodigio: cultivar en aquel páramo desierto el más primoroso de los jardines.

Sus vecinos, admirados con tal variedad de flores, con la embriagadora fragancia que impregnaba el aire, con el colorido y la belleza de aquellas delicadas plantas, comentaban que solo unas manos milagrosas podían haberlas hecho florecer.

El boca a boca extendió con rapidez la noticia de aquella maravilla, y pronto comenzaron a llegar gentes de todo el país a la pequeña aldea, ávidas de admirar aquel oasis y conocer a tan sublime jardinera.

Y ocurrió que una noche, cuando todos dormían, un forastero sombrío y gris, de riguroso luto, llegó hasta el jardín de doña Tea, se sentó en medio de las flores y comenzó a llorar con el quejido profundo y desgarrador que solo un corazón vacío puede provocar.

Aquel lamento despertó el ligero sueño de doña Tea y, con lágrimas en los ojos, permaneció la anciana en vela el resto de la noche. Al despuntar el alba, compadecida de aquel sufrimiento que le era tan familiar, tomó su única posesión de valor y fue al encuentro del extraño.

—Mi marido, ¡que Dios lo tenga en su gloria! —le dijo arrodillada ante él—, era un hombre bueno y, aunque nunca tuvo estudios, poseía la rara sabiduría del que ama la tierra que lo sustenta y aprecia el tesoro de la gratitud sincera y sin más recompensa. Él me enseñó cómo dar vida incluso a la tierra más ingrata, con dedicación y esfuerzo, con sacrificio y humildad, hasta lograr un vergel como el que tiene ante usted. Él me mostró el valor inmenso de unos ojos agradecidos cuando, con cariño y sensibilidad, con maestría y empatía, curaba una torcedura, un destuerzo, una picadura de víbora o sanaba un mal de ojos, sin cobrar jamás moneda alguna. Conozco su dolor porque fue el mío cuando él murió. Por eso —doña Tea tomó las manos de aquel hombre—, permítame usted que le haga un regalo que le salvará la vida —y depositó tres semillas en ellas—: ¡son mi mayor tesoro, la única herencia que me dejó mi esposo!



Sus ojos, aquellos ojos de niña traviesa que me enamoraron en mi juventud, se fueron apagando entre lágrimas y dolor.

Éramos viejos, demasiado viejos para estar vivos, demasiado viejos para sufrir tanto.

¿Cuántos meses han pasado ya? No lo recuerdo, no quiero recordarlo. Todo lo que tenía: trabajo, casa, familia, se fue, no queda nada, tan solo esta fotografía que evita que olvide su cara y, que sin embargo, clava un puñal en mi pecho cada vez que la miro.

Sus ojos estaban tristes y secos, su mirada perdida, su rostro había envejecido de repente y su pelo, aquella hermosa cabellera azabache de antaño, se torno gris en un parpadeo de la memoria.

Yo la besaba, sacaba fuerzas para continuar porque ella me necesitaba. Pero se apagaba sin poder evitarlo, su vida se apagaba como la llama en el pabilo de una vela sin cera.

¡Nadie debería sufrir tanto! ¿Por qué, Dios misericordioso…? ¿Por qué sufrimos tanto?

La guerra se llevó a mis hijos, se llevó a mis nietos, mis nueras y yernos, y cuando ella murió de pena… también se llevo mi vida.

Yo no estoy vivo, no me siento vivo y, sin embargo, estoy aquí, en otro país, en este jardín de flores donde por primera vez, desde que ella se fue, me he permitido llorar. Y he llorado, he anegado mi alma con las lágrimas durante toda la noche, aferrado a este último recuerdo. Y me he dicho que este sería un buen lugar para ser enterrado.

Pero al alba, de una ruinosa chabola, ha surgido una mujer casi tan anciana como yo y, arrodillándose ante mí, ha enjugado mis lágrimas intentado consolarme. Y ha cogido mis manos, y ha depositado tres semillas en ellas diciéndome: “permítame usted que le haga un regalo que le salvará la vida”. 

 


"Cuentan que existió un Edén y en su mismo centro un árbol, cuyos frutos, manjar divino, conferían a los que los comían dones tan extraordinarios que el mismo Dios temió compartir".





—¡A CUBIERTO! —gritó a Madelaine una vez encendida la mecha.



Jafet tuvo el tiempo justo para refugiarse junto a ella antes de que la puerta de la caja fuerte saltara por lo aires.


Aturdidos aún por la explosión, se acercaron despacio para comprobar si habían tenido el éxito deseado.

—La semilla no habrá sufrido daño, ¿verdad? —dudó Madeleine.

—Ya te he dicho que según mi investigación es indestructible —la tranquilizó Jafet—. Hasta que comience a brillar en la mano de aquel a quien elija, permanecerá inalterable.

¡Era la última! La última semilla del árbol de la vida, aquel que según rezaba en los textos más antiguos y sagrados, confería dones prodigiosos.

Jafet extrajo una pequeña caja metálica del interior de la destrozada caja fuerte.

—Solamente hay esto: ni dinero, ni joyas, solo esto —dijo contrariado.

—Si es lo que buscamos, será suficiente. Pagaran millones por ella.

Jafet abrió la caja y ambos contemplaron la pequeña y extraña semilla que contenía.

—¡No parece gran cosa! —afirmó Madeleine mientras la tomaba con una mano.

—No, la verdad es que no — la decepción era evidente en el rostro de Jafet—. No sé si podremos convencer a alguien de lo que es. No se si yo mismo podré convencerme de…

No puedo terminar la frase: maravillado contempló como la semilla se transfiguraba en el objeto más hermoso que había visto nunca y comenzaba a brillar entre los dedos de Madeleine.


ibso
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jueves, 8 de septiembre de 2016

Dueños o esclavos (reedición)

Dos frases:

"Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo"
Leon Tolstoi (1828-1910) Escritor ruso.

"Carecer de algunas de las cosas que uno desea es condición indispensable de la felicidad"
Bertrand Russell (1872-1970) Filósofo, matemático y escritor inglés.

Tengo la suerte de recordar gran parte de mi infancia, acontecimientos sucedidos incluso antes de los cinco años de edad.
Mis padres se casaron con muy pocos recursos económicos y tuvieron que vivir con mi abuela paterna durante seis años hasta que pudieron hacerse su casita.

En esos años tuvieron a cuatro de sus cinco hijos. Fueron tiempos difíciles, de carencias y de mucho trabajo, aunque yo los recuerdo como una de las épocas más felices de mi vida. Mi madre, cuando podía, compraba un cuadernillo, de esos finitos que venían antes, con dos grapas para sujetar una docena de cuartillas con rallas celestes; la cortaba por la mitad y nos daba una a cada uno para que nos entretuviéramos dibujando con un lápiz también compartido. Nos bañamos en la pileta con un barreño y agua fría, compartiamos la ropa, los zapatos, la comida, los amigos. Disfrutábamos con cualquier cosa, hacíamos un juguete hasta de un balde al que amarrábamos una soga, la pasábamos entre los barrotes de la barandilla en lo alto de la escalera, y descendíamos alternativamente subidos en él, y confiando que el otro no soltara la cuerda. En esos años no recuerdo ver la televisión, no recuerdo oír la radio, no sabía lo que era la publicidad, las noticias, los programas culturales o los del corazón. Mi mundo se reducía a jugar y hacer trastadas a mi abuela.

La vida era sencilla y siempre se contaba con la familia y los amigos.
Ahora todo ha cambiado. Vivimos en una sociedad del consumo, donde la pauta parece ser "si no eres feliz, compra". No importa qué, no importa si lo necesitas o no, no importa si lo puedes pagar porque te lo financian; se inventan días para consumir: rebajas de verano o de invierno, San Valentin, Día del Padre, Día de la madre, Navidad, Reyes, los bancos te conceden préstamos sin solicitarlo...y todo bajo una campaña eterna de publicidad, que utiliza cualquier medio (televisión, radio, Internet, prensa) para convencerte de que no eres nadie si no tienes el último móvil, la televisión más grande, si no compras en El Corte Ingles.

En una ocasión, ya adolescente, mis hermanos y yo convencimos a mi padre para que nos regalara una mesa de billar de segunda mano. Durante un mes, jugamos mañana y tarde, en cualquier rato libre que nos dejaba el colegio y los deberes. Terminamos tan aburridos del juego que mi padre, al verlo arrimado, lo revendió. "La ilusión de lo nuevo dura un instante, justo hasta el momento en que lo consideramos viejo".

No nos dejemos engañar, las cosas materiales no nos harán más felices: nos harán más esclavos. Compartamos nuestra vida con las personas cercanas, a las que queremos por lo que son y no por lo que tienen. Seamos dueños de nuestros sentimientos y no esclavos de nuestros deseos.

Fotografía: Título Tamadaba. Patronato de Turismo del Cabildo de Gran Canaria. http://www.grancanaria.com/patronato_turismo/

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