Un universo contenido
Esta es la participación en mi propia convocatoria juevera. Es la tercera parte de la trilogía. Espero que les guste.
Parte 1: La mirada insumisa
Parte 2: El aura de la memoria
El telescopio espacial James Webb de la NASA ha producido la imagen infrarroja más profunda y nítida del universo lejano hasta la fecha. El primer campo profundo de Webb es el cúmulo de galaxias SMACS 0723 y está repleto de miles de galaxias, incluidos los objetos más tenues jamás observados en el infrarrojo.
Parte 3: Un universo contenido
Para el resto de la tripulación solo fue un desmayo de unos pocos minutos.
Mientras discutíamos sobre la mejor manera de matar al demonio de la bodega, literalmente me desplomé.
Mi cuerpo yacía tendido sobre la cubierta principal, pero mi mente estaba a miles de millones de kilómetros de allí... y decenas de siglos atrás.
La joya ancestral que lucía sobre mi pecho mostró al fin su verdadera naturaleza: incomprensible para la ciencia, irreal, un objeto que no debería existir; la esfera negra contenía todo un universo, diminuto, evolucionado... vivo.
Cuando la joya tocó mi piel, mi conciencia se desplazó dentro de la de una niña pequeña, extrañamente conocida. Pude sentir su amor por el hombre que debía ser su padre. Percibí su luz, la luz de un hombre bueno.
Entonces su madre me mostró la reliquia que llevaba al cuello.
Supe quiénes eran.
Y sentí compasión por su condena.
El cristal volvió a resonar.
Y mi conciencia saltó otra vez.
En la mente de otra antepasada mía, a orillas de un río, conocí a la alimaña sedienta de sangre.
Me acorraló. Sentí sus colmillos cerca de mi piel y su sed centenaria intentando doblegarme.
Entonces lo miré.
No vi un monstruo.
Vi al hombre que había conocido antes bajo el sol.
Y quise salvarlo.
No quería matarlo.
Quería devolverle la humanidad perdida.
Me marché susurrando en el silencio de la noche una promesa que atravesaría los siglos:
—La próxima vez que te mire, queridísimo mío, acabaré con tu condena.
Abrí los ojos sobre la cubierta. La tripulación seguía reunida a mi alrededor, esperando que recuperara el conocimiento.
—Dejadme intentarlo —les pedí—. Conozco este mal. Conozco su origen. Sé quién es ese hombre y cuál es su condena. La ciencia de nuestro tiempo puede devolverle la humanidad.
Me dejaron, pero fracasé.
No calculé el choque de las eras en su organismo. La cura ardió en sus venas como un veneno y fui yo, sin quererlo, quien apagó sus siglos de vida.
Pretendí separar al hombre de la Bestia. Quise salvar a mi antepasado porque, al conocerlo bajo el sol, olvidé a sus víctimas, olvidé los siglos de sangre. Pero mi cura no distinguía entre ambos, quizá ninguna cura podría hacerlo. No pude extirpar la sombra sin apagar la luz. Comprendí tarde que matar a la Bestia implicaba matar al HOMBRE.
Quizá por eso, cuando su cuerpo se estremeció entre mis manos y la vida comenzó a abandonarlo, una parte de mí comprendió que aquel fracaso era también una forma de justicia.
Cierro los ojos y vuelvo a sentir su cabeza sobre mis rodillas mientras el sol rojo se oculta en el horizonte. Recuerdo el último temblor de su cuerpo, el suspiro helado con el que su carne se disolvió y, sobre todo, sus ojos.
Me miraron sin reproche.
Quise creer que me había perdonado.
Tal vez era más fácil pensar eso que aceptar que, después de tantos siglos, yo tampoco había sabido distinguir al hombre del demonio.
Vuelvo a tocar sin miedo el colgante. Un objeto que no puede existir, pero existe:
Un universo contenido... sobre mi pecho.
Ibso



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