"Sinfonía de luna". Por los gatos negros.
Una semana más me sumo al divertimento de los relatos de los jueves. En esta ocasión, Neo nos sugiere escoger uno de los títulos que propone y escribir un relato con la premisa fundamental de la EXTRAVAGANCIA.
Yo escogí «Sinfonía de luna de los gatos negros». Como veis, lo modifiqué un poquito.
Para leer más relatos extravagantes, pasaos por aquí: TÍTULOS EXTRAVAGANTES.
Y ahora, sin más, el cuento. Espero que os guste. ¡Abrazos!
"SINFONÍA de LUNA". Por los gatos negros.
Don Evaristo se sentía un hombrecillo feo, desgarbado y solterón. A sus taitantos años, su relación más duradera había sido con una hernia de hiato y, en asuntos amorosos, tenía la misma suerte que un mosquito en una convención de ranas.
Aquella noche no conseguía dormir. Desde el tejado llegaba una serenata infernal: siete gatos negros habían decidido dedicarle a la luna una sinfonía de maullidos.
—¡Malditos bichos! —gruñó.
Subió al tejado dispuesto a poner fin al concierto. Se descalzó una zapatilla y se la lanzó al que parecía dirigir el orfeón felino.
—¡Ah, mierda! Le pasó rozando los bigotes.
El gato lo miró con profundo desprecio y continuó maullando.
—¡Ah, sí! ¿Te parece poco?
Don Evaristo lanzó la segunda con todas sus fuerzas. El gato se apartó y la zapatilla fue a estrellarse contra una chimenea.
Se quedó descalzo y sin munición.
Avanzó para recuperarla.
Mala idea.
Había llovido aquella noche y las tejas resbalaban como las palabras necias a un santo de madera. Patinó, agitó los brazos y cayó de bruces por el patio de luces hasta aterrizar sobre el tejadillo que el vecino del tercero había instalado por la vía de apremio y urgencia de sus santos hijos putativos, o sea, por las bravas.
El golpe en la cabeza lo dejó medio tarumba. Tanto, que la serenata estridente le empezó a parecer la melodía coral más hermosa que jamás hubiera escuchado.
Eran notas limpias, afinadas, delicadas. Una verdadera sinfonía de luna.
Don Evaristo, entusiasmado aunque aún aturdido por el golpetazo, comenzó a acompañar con su voz de barítono. Y créanme si les digo que antes de aquella noche Don Evaristo no sabía cantar: desafinaba hasta cuando hacía snorkel.
Cuando terminó aquella especie de aria improvisada, se quedó maravillado de su propia voz.
Se incorporó. Se sentía más ligero, más joven, más ágil. Aquello debía de ser alguna clase de milagro.
Y entonces pensó en Adela, la preciosa vecina del segundo, aquella que jamás le había dirigido la palabra.
Con semejante voz, estaba seguro de que conseguiría enamorarla.
Bajó del tejadillo, cruzó la cornisa y llegó hasta su balcón.
Adela abrió la ventana.
Evaristo sonrió.
—Adela, yo...
Pero de su garganta salió un ronroneo.
Lo intentó de nuevo.
—Miauuu...
Adela soltó una carcajada y lo tomó en brazos.
—Otra vez te fuiste de serenata con tus amiguitos del tejado. ¡Ay, Donskoy! No tienes remedio.
Evaristo la miró, desconcertado.
¿Por qué Adela lo llamaba Donskoy? ¿Y por qué, en lugar de escuchar su declaración de amor, lo acunaba entre sus brazos?
El coro gatuno llegó entonces al último maullido de su sinfonía de luna.
Su líder, que había esquivado el primer zarpazo de Donskoy, levantó la cola. Los otros seis lo imitaron.
Y aquel felino pelón, sin saberlo, acababa de superar la audición.
Ya tenían nuevo miembro en el coro.
Ibso



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