La mirada insumisa

Una vez más me he dejado tentar por la propuesta juevera, que en esta semana está a cargo de Neo . En sus propias palabras nos propone: "Esta semana la consigna se centrará en el poder de las miradas y todas las sensaciones y sucesos que puedan disparar en nuestras reacciones y pensamientos. De esta forma, los participantes que quieran sumarse deberán aportar un relato de alrededor de 350 palabras, narrado EN PRIMERA PERSONA, de género y estilo libre que tenga como disparador el impacto de una mirada (sea quien sea el/la dueño/a de esos ojos y sean cual fueren las circunstancias)".

Y esto es para lo que me dio la inspiración.


Ya no recuerdo mi mirada. Ningún objeto puede devolvérmela: ni metales pulidos, ni espejos, ni las modernas cámaras digitales. Solo los ojos de quienes me sirven de alimento esbozan la caricatura de lo que fui antes de la maldición.

En ese preciso instante en que mis colmillos horadan su piel, descubro en sus pupilas mi reflejo mortuorio. Su iris se vuelve un espejo negro donde mi alma, condenada para toda la eternidad, se redime por un instante efímero.

En su mirada evanescente no hay el terror que pregonan quienes odian mi existencia; aquellos que, armados con estacas de madera, pretenden mi muerte. Pobres ilusos: apenas atisban a comprender mi verdadero poder.

Pero anoche… anoche el mito se rompió.

Ocurrió en una callejuela sombría. La arrinconé sin prisa, disfrutando del ritual. Esperaba el parpadeo vacilante, la sumisión progresiva, el colapso de su voluntad ante el peso de mis siglos.

Pero al tomar su rostro entre mis manos heladas y obligarla a alzar la barbilla, no encontré el espejo dócil de costumbre.

Sus ojos eran de un verde turbio, como agua de estanque al atardecer. En lugar de sumisión, me topé con un relámpago de lucidez.

Me miró de frente y atravesó mi máscara de depredador sin esfuerzo, sin temor, sin duda. En su mirada no había una víctima; no me vio como a un dios nocturno ni como a una criatura de pesadilla.

Me vio como a un mendigo: un ser hambriento, patético y encadenado al cuello de los vivos para sentir que existe.

El impacto fue un latigazo. Mis colmillos se congelaron a milímetros de su yugular. El éxtasis habitual se transformó en una grieta de incertidumbre.

Por primera vez en centurias, el reflejo de unos ojos humanos no me devolvió poder, sino la anatomía exacta de mi soledad.

No pude tocarla. La presión de su mirada quemaba más que cualquier estaca. Retrocedí tropezando con las sombras, mientras ella parpadeaba despacio, casi con lástima.

Después me dio la espalda y se perdió en la noche, dejando en el aire un susurro que se clavó en mi memoria:

—La próxima vez que te mire, queridísimo mío, acabaré con tu condena.

Ibso

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