El mar de nuestras vidas
Otra semana más me animo a participar en los relatos de los jueves.
En esta ocasión nos conduce la amiga Neogéminis, que propone como reto escribir un texto que incluya dos de los tres párrafos extraídos de cuentos de Jorge Luis Borges siguientes:
*El patio es el declive por el cual se derrama el cielo en la casa. Serena, la eternidad espera en la encrucijada de estrellas.
*Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos...
*Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras.
En mi caso, he cogido el inicio de un texto que tenía en borrador desde hacía mucho tiempo, y me he atrevido a ampliarlo e insertar de aquella manera los dos últimos párrafos propuestos. Quedó así así, pero bueno, dicen que lo importante es participar.
Aquí os enlazo más participaciones en esta interesante propuesta de Neo.
El abuelo
Juan era un isleño peculiar. Rudo hombre de campo, de manos fuertes, espalda
ancha y estatura más bien bajita. Su cara, tostada por el sol y surcada por las
arrugas, aún conservaba una pincelada del atractivo de su juventud.
Había
nacido en Artenara, el municipio más alto de Gran Canaria, en una casa-cueva
habitada desde los tiempos de los aborígenes y que su padre había agrandado a
pico y pala sin más ayuda que sus brazos.
Quizá por
eso nunca le tuvo miedo a la tierra. La conocía como se conoce a un viejo
amigo: por sus olores, sus silencios y sus secretos.
Pero
Juan, como buen isleño, amaba el mar.
Cada
verano, cuando yo era niño, me llevaba hasta la costa. Caminábamos despacio y
él apenas hablaba. Al llegar, nos sentábamos frente al océano y permanecíamos
allí juntos, en silencio, hasta que llegaba el ocaso. Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca
lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos...
Yo no
comprendía qué esperaba mi abuelo de aquella inmensidad. Él tampoco parecía
necesitar una respuesta.
—Escucha
—me decía—. El mar siempre cuenta historias a quienes prestan atención.
Pasaron
los años. Dejé la isla, estudié, trabajé, formé una familia. Y sin darme
cuenta, fui dejando para después las visitas, las conversaciones, los regresos.
Hasta que
un día llegó la noticia de que el abuelo estaba enfermo.
Volví a
Artenara. Me pareció más pequeño de lo que recordaba. Sus manos, callosas y duras, descansaban ahora, casi sin fuerzas.
Hablamos
poco.
Antes de
marcharme me llamó con un gesto.
—Cuando
bajes a la costa, acuérdate de mí.
No supe
qué responder.
Murió
pocos días después.
Regresé entonces al lugar donde tantas tardes habíamos permanecido juntos. Miré el horizonte y entendí que, cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras.
Y las
palabras del abuelo Juan regresaron a mí, una tras otra, como las olas que
nunca dejan de llegar a la orilla.
Comprendí que quizá eso era la memoria: el mar de nuestras vidas, un susurro eterno que nos devuelve a quienes amamos.
Ibso



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