De mentiras cómodas a verdades que construyen la utopía.


Es más fácil convencer con las mentiras que muchos quieren oír que con la verdades que casi nadie está dispuesto a asumir.

Porque la mentira cómoda no exige esfuerzo: se adapta a nuestras creencias, acaricia el ego y evita el conflicto interno. En cambio, la verdad suele ser incómoda, nos obliga a cuestionarnos, a reconocer errores y a asumir responsabilidades que preferiríamos esquivar.

Por eso, quien dice lo que muchos quieren oír suele recibir apoyo inmediato, aunque sus palabras carezcan de sustancia. Mientras tanto, quien señala lo evidente pero incómodo a menudo es rechazado, no por estar equivocado, sino por incomodar.

A largo plazo, sin embargo, esa dinámica tiene un coste. Las mentiras, por muy atractivas que sean, construyen realidades frágiles. Basta una grieta para que todo se tambalee. La verdad, aunque incómoda al principio, es lo único que permite construir algo sólido.

Al final, la cuestión no es solo quién convence más, sino qué tipo de realidad estamos dispuestos a sostener: una que nos haga sentir bien momentáneamente, o una que, aunque duela, nos permita crecer.

Si llevamos esa idea al terreno de las llamadas “realidades alternativas”, las consecuencias dejan de ser solo individuales y pasan a ser estructurales.

Cuando una sociedad acepta versiones distorsionadas de la realidad —ya sea por conveniencia, miedo o interés político— se erosiona el punto de referencia común. Sin ese suelo compartido, el diálogo se vuelve casi imposible: ya no se discuten soluciones, sino hechos básicos. Y cuando los hechos dejan de ser verificables para todos, la política se convierte en una lucha de relatos, no de proyectos.

En el ámbito de las naciones, esto tiene efectos profundos. Las decisiones colectivas empiezan a basarse en percepciones manipuladas: amenazas exageradas, enemigos inventados, promesas inviables. Eso puede traducirse en políticas públicas ineficaces, polarización extrema o incluso conflictos internos. Una ciudadanía que no comparte una base mínima de verdad difícilmente puede sostener una democracia funcional.

A nivel internacional, el problema se amplifica. El derecho internacional depende en gran medida de la confianza: en los tratados, en los compromisos, en la interpretación de los hechos. Si los Estados empiezan a operar sobre “realidades alternativas”, esa confianza se resquebraja. Se justifican acciones unilaterales, se reinterpretan acuerdos según convenga y se debilitan los mecanismos de cooperación global.

El resultado es un mundo más inestable. Las normas dejan de ser reglas comunes y pasan a ser herramientas flexibles al servicio del poder. Esto puede derivar en tensiones diplomáticas constantes, incumplimientos sistemáticos y, en el peor de los casos, conflictos abiertos basados en narrativas incompatibles.

Además, hay un efecto acumulativo: cuanto más tiempo se sostiene una mentira a gran escala, más difícil es corregirla sin provocar una crisis. Reconocer la verdad implicaría admitir errores, asumir costes políticos y, a veces, desmontar estructuras enteras construidas sobre esa ficción.

Por eso, las “realidades alternativas” no son solo una cuestión de opinión o de discurso: son un riesgo para la estabilidad institucional, la convivencia social y el equilibrio internacional. Porque cuando la verdad deja de ser el marco común, lo que queda no es libertad de interpretación, sino incertidumbre permanente.

Combatir la mentira institucional no es sencillo, pero tampoco es imposible. De hecho, empieza en algo mucho más cercano de lo que parece: en cómo cada individuo se relaciona con la verdad.

Primero, hay una responsabilidad personal básica: desarrollar criterio. Eso implica contrastar información, desconfiar de lo que encaja demasiado bien con nuestras propias ideas y exponernos, aunque incomode, a puntos de vista distintos. La mentira se vuelve fuerte cuando encuentra mentes que no la cuestionan.

Después está el valor de no participar en la difusión. Muchas “realidades alternativas” se sostienen no solo por quien las crea, sino por quienes las repiten sin verificar. Romper esa cadena —no compartir, no amplificar, pedir pruebas— ya es una forma activa de resistencia.

También es importante recuperar el sentido de la conversación honesta. No se trata de “ganar discusiones”, sino de defender hechos verificables con calma y coherencia, incluso cuando eso no sea popular. A veces, sembrar una duda razonable en medio de un discurso falso tiene más impacto que intentar desmontarlo todo de golpe.

En el plano colectivo, apoyar instituciones y medios que mantengan estándares de rigor es clave. Ningún individuo puede verificarlo todo, pero sí puede elegir a quién otorga credibilidad. Esa elección, multiplicada, tiene un efecto real sobre el ecosistema informativo.

Otro aspecto fundamental es la responsabilidad cívica. Participar —votar, informarse, exigir transparencia— ayuda a limitar el espacio en el que prosperan los discursos basados en falsedades. Las “realidades alternativas” crecen mejor cuando hay apatía o desafección.

Y quizá lo más difícil: aceptar que la verdad a veces nos incomoda o incluso nos perjudica en lo inmediato. Combatir la mentira exige una cierta disciplina intelectual y ética: preferir lo cierto a lo conveniente, incluso cuando eso nos deja en minoría.

No hay una solución rápida ni perfecta. Pero las mentiras institucionales necesitan dos cosas para sostenerse: repetición y aceptación. Si suficientes individuos empiezan a cuestionar lo primero y retirar lo segundo, esas construcciones, por muy grandes que parezcan, empiezan a debilitarse.

Y en ese esfuerzo cotidiano también se abre una idea más ambiciosa: la del camino hacia una sociedad mejor, casi utópica, no como un destino perfecto, sino como una दिशा (1).

Porque una utopía basada en la mentira no es más que una ilusión frágil. Promete orden, prosperidad o identidad, pero lo hace ocultando grietas que tarde o temprano emergen. En cambio, una aspiración colectiva fundada en la verdad —aunque sea incómoda y lenta— permite construir algo más sólido, más justo y más duradero.

El camino hacia un mundo mejor no pasa por eliminar el conflicto o imponer una única visión, sino por sostener un espacio común donde los hechos importen. Donde las diferencias se discutan sobre una base compartida de realidad, y no sobre narrativas incompatibles. Sin ese punto de encuentro, no hay progreso real, solo confrontación constante.

A nivel individual, cada acto de honestidad intelectual, cada negativa a aceptar una falsedad conveniente, es una pequeña contribución a ese horizonte. Puede parecer insignificante, pero es precisamente así como se construyen los cambios duraderos: acumulando decisiones pequeñas que, en conjunto, elevan el estándar de lo aceptable.

La utopía, entendida de esta forma, no es un lugar al que se llega, sino una dirección que se elige. Y en esa dirección, la verdad no es un obstáculo incómodo, sino la única herramienta fiable para avanzar sin perder el rumbo.

Porque al final, un mundo mejor no se construye sobre lo que queremos creer, sino sobre lo que somos capaces de reconocer.

ibso.

(1) La palabra “दिशा” (disha) es un término en hindi (y sánscrito) que significa:

👉 “dirección”, “rumbo” o “camino a seguir”

En el contexto del texto, se usa de forma metafórica: no como un lugar físico, sino como la orientación hacia la que se avanza (en este caso, hacia una sociedad mejor).

Nota del autor: para la elaboración de esta reflexión he utilizado la IA "ChatGPT".

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