Cuando nadie miraba
Participación en la convocatoria del jueves bajo el tema "lo que sentimos cuando nadie nos mira", propuesto por Campirela en su blog.
Me pasé un poquito de la extensión fijada, espero me lo perdonen. También me disculpo por si el texto pueda herir la sensibilidad de quien lo lea.
¿Cómo olvidar a aquel a quien llamaba padre sin serlo? Aquel cuyos actos desmentían, en la intimidad, todo lo que en público predicaba. Aquel cuyo anhelo de santidad se tornaba lujuria al rozar mi pequeño cuerpo, aún inmaduro, aún inocente antes de aquella primera vez en la que mi mundo infantil se quebró en mil pedazos y ya nunca volvió a recomponerse.
¿Cómo perdonar a quien, desde lo alto del púlpito, proclamaba aquello de «hasta setenta veces siete» o «poner la otra mejilla», mientras que, en la soledad, jamás mostró arrepentimiento? Nunca hubo en él compasión, nunca culpa, nunca el más mínimo atisbo de humanidad ante los actos violentos que, bajo una retorcida idea de afecto, pretendía llamar cariño o incluso amor.
Han pasado muchos años y, sin embargo, cuando estoy a solas, cuando nadie me mira, persiste en mí esa mezcla de repugnancia y odio hacia aquel depredador que me utilizó —como a tantos otros niños— durante años para saciar su depravado apetito. Y junto a ese odio, crece también el asco hacia quienes lo encubrieron, hacia quienes eligieron el silencio y permitieron que el tiempo borrara toda posibilidad de justicia, dejando sus crímenes impunes.
Y ahora intentan una reparación económica, con una valoración según la gravedad de cada caso, como si fuéramos cifras, como si aquello pudiera medirse, clasificarse y cerrarse con un número que pretendiera equilibrar lo irreparable. Como si el tiempo, el silencio y la ausencia de justicia pudieran compensarse con una cantidad que no alcanza a rozar la magnitud de lo vivido, ni el impacto que aún hoy, en lo más profundo, sigue resonando.
Y, sin embargo, en medio de esa indignación, hay algo que no pudieron arrebatarme del todo: la conciencia de que lo que ocurrió no fue culpa mía, ni una elección, ni una debilidad. Fue una traición en toda su extensión, un abuso de poder disfrazado de autoridad, una máscara que se desmorona cuando se la mira sin miedo, con la verdad por delante.
A veces, en los momentos de mayor silencio, me descubro intentando reconstruir piezas de un pasado que nunca tuvo la oportunidad de quedar intacto. No para revivirlo, sino para comprenderlo, para darle un lugar de calma en mi alma y que así deje de asfixiar cada rincón de mi presente. Porque, aunque el daño no desaparece, sí puede transformarse; aunque la herida no se borre, puede dejar de supurar y convertirse en una cicatriz serena en el recuerdo.
Y en ese proceso aún me encuentro.
Contengo la respiración cuando tus manos acarician mi cuerpo, cuando tus labios me besan y tu cuerpo desnudo, junto al mío, busca fundirse en un abrazo profundo y sanador. En ese instante, todo parece suspenderse: el tiempo, el ruido, incluso las sombras del pasado. Solo queda la sensación de estar, de habitar el presente sin miedo, permitiéndome, poco a poco, aprender que también aquí puede haber calma, ternura y una forma verdadera de amar.



Gracias por sumarte a la convocatoria y debo decirte que sí es sensible, pero hay realidades que hay que afrontar, y esta es una de ellas.
ResponderEliminarLo más grave es cómo todos aquellos que padecieron esos actos sin sentido por individuos que no saben amar o sentir, solo fracturar mentes y cuerpos.
Un saludo, y vuelvo a reiterarte las gracias.