viernes, 29 de abril de 2011

Premonición (VII)


Indice de capítulos:
(I) Antes del ataque
(II) Las cartas y el viaje de Xisela
(III) El secreto de familia
(IV) Un juego arriesgado
(V) Confiando en un enemigo
(VI) ¿Un encuentro casual?










(VII) Buscando respuestas

 
Manfred no podía imaginar en que lío se había metido al aceptar aquellas cartas de un enemigo. Cuando regreso a su unidad le comentó lo sucedido a su superior.

- ¿Eres estúpido?. ¿Cómo se te ha ocurrido?. ¿Y si fuera un espía francés, que al haber sido herido de muerte, no encontró otra solución que confiar en ti para pasar información sobre nuestras posiciones?.

- De ser así, mi sargento, tenemos la sartén por el mango. Con destruir las cartas tenemos – repuso el joven soldado – Pero antes desearía leerlas para estar seguro. Le he dado mi palabra a un moribundo y no me gustaría faltar a ella sin verificar nuestras suposiciones.

- Como quieras, pero mantenme informado. No quiero que termines ante un pelotón de fusilamiento por tu insensatez.

- ¡A sus órdenes, mi sargento!.

Auque Manfred entendía algunas palabras de francés, no lograba comprender ni una sola línea de las cartas, así que decidió buscar algún prisionero bilingüe que le ayudara a traducirlas. Tubo suerte, después de preguntar a casi doscientos presos halló a un profesor de literatura alemana. Escuchó con mucha atención ambas cartas, emocionándose con la despedida de Antoine y sorprendiéndose con su premonición. Decidió que debía hacerlas llegar a la unidad de aquel soldado, tal como le había prometido; pero antes las copio, por lo que pudiera pasar.

Aquella misma noche se ofreció voluntario para reparar “el muro de la muerte”. Sabía que se jugaba la vida.

Después de arrastrase por el barro durante casi cincuenta metros llegó a un socavón cercano a donde había encontrado moribundo a Antoine. Aguzó el oído intentando descubrir la posición de los franceses que, al igual que ellos, reparaban la alambrada. A poco metros los oyó. Se acercó con mucho cuidado, no quería que le pegaran un tiro, y empezó a susurrar en francés la frase que había aprendido de memoria:

- Antoine, busco la unidad del cabo Antoine.

Tuvo que repetirla dos veces más antes de recibir respuesta:

- ¡Alto!... ¿Quién va?.

- Antoine, busco la unidad del cabo Antoine – insistió.

Los soldados franceses del otro lado estaban sorprendidos. Eran de la unidad de Antoine pero él había desaparecido en la ofensiva de aquella mañana.

Había uno que hablaba algo de alemán.

- ¿Qué quieres de Antoine?

Manfred resopló aliviado al escuchar su idioma, así sería más fácil.

- Tengo unas cartas de él. El cabo me las entregó antes de morir.

Los soldados no daban crédito a lo que estaban oyendo: ¡Unas cartas de Antoine!.

Aquella noche el sargento de la unidad había decidido acompañar a “los reparadores” con la esperanza de encontrar el cuerpo de Antoine. Se arrastraba a unos metros de la posición donde se desarrollaba aquel insólito encuentro. Al escuchar los susurros entre los enemigos se acercó curioso por lo que pudiera estar pasando.

- Sargento – le dijo uno de sus hombres cuando llegó – este alemán dice que tiene unas cartas de Antoine y que las recibió de sus manos antes de morir.

El sargento se quedó de piedra al escuchar aquello.

- Este está siendo, sin duda, un día muy extraño – pensó.

Acercándose al que hablaba alemán le dijo:

- Pregúntale si ha leído las cartas. Y si es así, pregúntale también si recuerda donde se producirá la premonición que tuvo Antoine esta mañana.

Tras una corta conversación el soldado le dio la respuesta a su sargento:

- Dice que Chernóbil, mi sargento.

Esta era la confirmación de que aquel soldado decía la verdad, no parecía que hubiera ninguna trampa.

- Dile que somos de la unidad de Antoine y que tire las cartas hacia nuestra posición.

Manfred ató una piedra a las cartas, las arrojó sobre las alambradas y preguntó:

- ¿Las tenéis?

Después de un instante recibió la respuesta:

- Sí... y gracias.

Antes de irse el soldado alemán añadió:

- ¡Por cierto!, el cuerpo de vuestro amigo está a este lado de la alambrada. Siento no poder ayudaros a llegar a él.




Allí estaban Xisela y Eldwin, sentados en la terraza de la cafetería Polissia, atónitos mientras Pierre les narraba las peripecias que había pasado para llegar hasta allí. Su visado de turista había caducado el día anterior, así que se encontraba de forma irregular en el país. Les leyó la carta falsa de su bisabuelo Antoine (escrita por su bisabuela) y explicó cómo había descubierto el cofre metálico y la verdadera carta grabada en su tapa (hasta entonces oculta por la cajita de madera) y el bajorrelieve con el dibujo del medallón idéntico al que llevaba Xisela al cuello, y por el que supo que todo aquello había sido preparado por su bisabuela para que su hermana lo descubriera en la fecha indicada.

- Esto es para ti – le dijo a su hermana a la vez que le entregaba el cofre – Creo que tu medallón es la llave que lo abre.

Xisela tomó aquel objeto metálico, aún no podía creer que su hermano se hubiera atrevido a permanecer ilegalmente en la Unión Soviética por llevarle aquel rompecabezas que sin duda era un juego estúpido de su bisabuela.

- ¿Te has vuelto loco, Pierre? – le dijo furiosa – Ya te dije antes de partir que no creía en la autenticidad de la carta Antoine, y sigo sin creer en nada de lo que me cuentas. Si la premonición de nuestro bisabuelo es auténtica, ¿por qué esperar hasta el último momento para advertirnos?.

- No lo sé Xisela, pero creo que la respuesta está en el interior de este cofre.

Eldwin, que hasta entonces había permanecido en silencio, rebuscó en el bolsillo interior de su chaqueta y extrajo una funda de cuero negro. Pálido cómo un cadáver, miró a Xisela antes de afirmar:

- La carta de tu bisabuelo es auténtica.

Ella no daba crédito a lo que acababa de oír.

- ¿Cómo puedes afirmar una cosa así, Eldwin?.

El alemán abrió con sumo cuidado la funda mostrando lo que guardaba con tanto mimo y dijo:

- Por esto.

Eran dos cartas, parecían muy antiguas. Ambas estaban escritas en alemán por lo que Eldwin se las leyó en alta voz, traduciéndolas para que las entendieran. Cuando terminó tocaba dar explicaciones a sus dos acompañantes.

- Como ya te dije Xisela, nuestros bisabuelos fueron enemigos, lucharon en la misma batalla. Pero ahora sé que el azar y su compasión los hizo cómplices de un hecho insólito. Lo que sé de esta historia se ha contado en mi familia desde hace casi 70 años. Estas cartas las copio mi bisabuelo Manfred de los originales. Él fue el último en ver vivo a Antoine. Moribundo, tu bisabuelo le entregó las cartas para que las hiciera llegar al sargento de su unidad y a la postre a tu familia. Esa misma noche se jugó la vida para cumplir su promesa.

- Entonces... ¡tú sabías quien era yo!. ¿Porqué no me avisaste antes de venir a Chernóbil, antes de que mi vida y la de mi hermano estuvieran en peligro?

- Porque si la premonición de tu bisabuelo es cierta hay mucha gente en peligro, debemos avisarlos. Además siempre he intuido que debíamos venir aquí, creo que hay algo más.

A Xisela le constaba pensar, asimilando todo lo que estaba pasando.

- Muy bien, según la carta, solo podemos suponer que habrá un accidente en la central, lo que no nombra específicamente. Intentaremos avisarlos, aunque no creo que nos hagan maldito caso. Después saldremos pitando de aquí: mañana se cumple la premonición y solo faltan once horas para la medianoche.

Se quitó el medallón y, cogiendo el cofre, lo colocó sobre el bajorrelieve de la tapa: ¡Encajaba perfectamente!.

- Veamos que otra sorpresa me dejó nuestra ingeniosa bisabuela – dijo – Supongo que se trata de una cerradura magnética – Xisela recordaba que su colgante tenía propiedades magnéticas, algo que siempre le había resultado extraño. Con cierto esfuerzo pudo girar la llave un cuarto de vuelta a la derecha. El cofre metálico se abrió y todos miraron dentro, ansiosos por saber que contenía.

- ¡Está vacía! – Exclamó Pierre.


- No exactamente – observó Eldwin – Fijaos en la parte interior de la tapa.

Efectivamente, en la cara posterior de la plancha metálica, que hacía las veces de cierre del cofre, estaban tallada las letras de lo que parecía otra carta. Xisela la tomó y la leyó en voz alta: la bisabuela había tenido la misma premonición que su marido, salvo por una diferencia, en ella aparecía una mujer embarazada que suplicaba la salvaran, la alejaran del peligro inminente.

Pierre logró expresar lo que todos estaban pensando:

- ¡Eso es!. Por esto debíamos venir aquí en la fecha señalada. Debemos buscar a esa mujer para alejarla de aquí antes del accidente. ¿Pero cómo hacerlo?, y... ¿porqué es tan especial esa persona?.

- ¡Espera! – exclamó Xisela – Creo que hay algo más... esto parece una bisagra – dijo señalando el lateral de la tapa - ¡Son dos láminas metálicas!, pero... están pegadas.

- ¡Por favor, Xisela!, déjame verlo – dijo Eldwin – Creo que están oxidadas.

Con suavidad, le dio unos golpecitos contra la mesa. Las planchas metálicas se despegaron. Ahora, abierto como un librito, mostraba el resto del mensaje de la bisabuela.

El siguiente capítulo aquí: Premonición (VIII)
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Foto: María Jesús Paradela. Paradela de Coles

12 comentarios:

  1. noooo con lo interesante que esta la historia y la cortas , ahora a volver a esperar a la proxima actualizacion, por favor , no tardes mucho .

    Unbesazo
    ( esta quedando genial el relato)

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  2. Pienso como Anusky: siempre te las arreglas para tenernos enganchados al relato y nos dejas con la intriga...



    En el post anterior, aunque lo leí, no pude comentar, por culpa de explorer. Ahora estoy com Mozilla, vamos a ver si me va mejor.

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  3. Esta muy bien el relato Ibso, es entretenido y engancha.
    Oye, has pensado en juntar los capítulos y hacer un pequeño libro?. Creo que lo merece.
    Abrazo. Jabo

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  4. Me ha encantado la historia , pero me dejas con la miel en la boca y la intriga hasta que publiques el próximo capítulo...¿que será?
    ¿ que será lo que guarda misteriosamente el mensaje?

    Buen fin de semana.

    Un Abrazo.

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  5. Estoy que me como las uñas, "manito". Es emocionante. Estoy de acuerdo con Jabo. Un fuerte abrazo.

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  6. Un abrazote utópico de parte de otra utópica.

    Me gusta tu rinconín, saludines utópicos, Irma.-

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  7. Cuando se repara el muro de la muerte uno siempre se juega la vida, en efecto. Y antes o después, pierde.

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  8. He de leerme capítulos anteriores,porque publicas tan de tarde en tarde que se olvidan.
    Aún así, la intriga del relato se mantiene viva y mantiene alerta a lector.
    Es un libro tuyo?
    Es bueno.
    Un beso.

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  9. ¡ay ya yay que nos dejas en ascuas!

    qué bien estás llevando la narración, niño y aqúí nos tienes sentados en el suelo esperando el siguiente capítulo :)

    abrazos

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  10. ¡Qué estupendo Blog! Aquí estaré a menudo, si me lo permites. Gracias por enlistarme y agregarte.
    Un abrazo agradecido.

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  11. La guerra como otras situaciones extremas de la vida saca del hombre lo peor y lo mejor. En este caso, lo mejor, pues la premonición quedó a salvo. ¿Servorá para algo?
    Saludos

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  12. Ibso,me alegro de seguir adelante con esta historia de luces y presagios.Todo tiene un sentido,el soldado a copiado las cartas,que seguramente conservarán sus familiares posteriores..
    Mi felicitación y mi espera en la continuación.
    Mi abrazo siempre,amigo.
    M.Jesús

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